Cuando la sombra comienza a avanzar,
no es la noche la que llega…es el rito.
El Sol, astro rey,
se deja coronar por la Luna
en un gesto antiguo como el tiempo,
y el cielo se convierte en templo.
Yo no observo.
Yo me presento.
De pie, o de rodillas
con el pulso encendido,
con el alma abierta,
me entrego al instante en que la luz se recoge
y el universo revela su geometría sagrada.
No hay azar en este encuentro.
Solo órbitas que obedecen,
distancias que encajan,
y una perfección tan exacta
que parece divina.
La Luna silenciosa
traza su órbita con exactitud milimétrica,
y el Sol inmenso
cede lo justo para que el universo encaje.
Y entonces ocurre.
El día se recoge.
El aire cambia.
El mundo contiene el aliento.
Y yo,
pequeña frente a lo infinito,
no miro un eclipse…
sino una ecuación hecha realidad,
una coreografía de sombras y fuego
que me atraviesa el pecho
me deja temblando sin aliento
sin pedir permiso.
Y cuando la umbra me alcanza…
no me cubre,
me reconoce.
Soy parte del alineamiento,
parte del latido,
parte de esta danza entre fuego y sombra.
Y en ese silencio suspendido,
entre el día y la noche,
consagro mi mirada
al instante más puro:
el momento en que todo se alinea…
y yo con ello.
Porque no es solo un eclipse.
Es el Sol, la Luna…y yo, Inma Eclipses




